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18 mayo 2008

Blanca quiere ser astronauta

Blanca, una joven ingeniera aeronáutica, ha conseguido el permiso de su empresa para faltar hoy al trabajo. Lleva tiempo esperando la presentación en España de la campaña de reclutamiento de astronautas de la ESA, la Agencia Espacial Europea, y el momento ha llegado. Ha cogido el coche y, junto a otros compañeros, se han dirigido a las instalaciones de la agencia en Villafranca del Castillo, donde se ha organizado una rueda de prensa para hablar sobre esta convocatoria. Blanca ya conoce los detalles del proceso de selección gracias a internet, pero cualquier información adicional le servirá de ayuda para cumplir su sueño: ser astronauta.


Astronauta de la ESA durante un paseo espacial, el sueño de Blanca. Foto: ESA/NASA

La ingeniera y sus compañeros se registran para poder acceder al Centro Europeo de Astronomía Espacial (ESAC) de Villafranca del Castillo, un complejo aeroespacial situado en el municipio madrileño de Villanueva de la Cañada, y presidido por un viejo castillo del siglo XV. Las modernas antenas de comunicación sobresalen entre las encinas y los edificios de la instalación. Blanca se dirige al centro de visitantes, que hoy está lleno de estudiantes, ingenieros y licenciados. Aquellos que quieran ser astronautas deben contar con una titulación universitaria en ciencias, ser ingenieros o tener experiencia de vuelo como pilotos.

El director de la ESAC, Vicente Gómez, da la bienvenida a los candidatos y a los numerosos medios de comunicación convocados. Gómez recuerda los últimos éxitos de la ESA, con la aportación a la Estación Espacial Internacional (ISS) del laboratorio científico Columbus y el “Julio Verne”, la primera de las naves de carga ATV. Esta aportación da derecho a los europeos a un 8% de la tripulación, pero actualmente la agencia solo cuenta con ocho astronautas en activo, y su edad media ronda los 50 años. “Hay que renovarse para cumplir con las misiones a la ISS, la Luna o más allá”, dice el director. El sueño de llegar a Marte aparece en la mente de todos los asistentes, incluida Blanca.

Ahora es el turno de Manuel Serrano, el representante de la entidad que gestiona los programas espaciales en España, el Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial (CDTI), e informa que harán todo lo posible para que al menos un español o una española sea seleccionado. En cualquier caso Serrano anima a los asistentes comentando que en este proceso “ganamos todos”, porque habrá un representante europeo en la ISS, y por supuesto tanto los seleccionados, a los que les cambiará la vida, como los que no, porque seguirán enganchados al espacio.

Las mayores oportunidades laborales, recordó, siguen estando en los centros de la Tierra, bien trabajando en las empresas que fabrican las naves espaciales o los satélites, o bien en los centros de control y lanzamiento, o en los laboratorios diseñando los experimentos. Blanca lo sabe bien. Ella pertenece a la plantilla de Deimos Space, una joven empresa aeroespacial española. Entre otros proyectos, esta compañía se ha ocupado de definir la trayectoria de Rosetta, la primera nave que aterrizará sobre un cometa en 2014, o diseñar la misión “Don Quijote”, seleccionada por la ESA para defender a la Tierra de asteroides potencialmente peligrosos para la Tierra, como Apophis.

A la sesión informativa también ha acudido el Jefe de Entrenamiento Básico de Astronautas, Antonio Torres, que trabaja en el Centro Europeo de Astronautas de la ESA en Colonia (Alemania). Con voz grave, va enumerando los requisitos que deben cumplir los candidatos: titulación superior, dominio del inglés, superar el examen médico indicado para pilotos, no padecer enfermedades, disfrutar de buena agudeza visual, no ser ni drogadicto ni alcohólico… Las risas del auditorio interrumpen al conferenciante. Torres continúa informando que la edad ideal de los aspirantes debe estar entre los 27 y los 37 años, y Blanca frunce el ceño. Ella tiene 26. El proceso de selección, no obstante, finaliza el año que viene, por lo que entonces ya alcanzará la edad mínima recomendada.

Alguien discretamente llama la atención de la ingeniera. Al parecer, los medios de comunicación requieren alguna chica candidata a astronauta para ser entrevistada. La ingeniera accede, pero no tarda en volver. El jefe de entrenamiento de los astronautas europeos ahora está explicando las fases del proceso de selección. Comenta que la inscripción debe rellenarse en la web www.esa.int/astronautselection, entre el 19 de mayo y el 15 de junio. Se esperan entre 30.000 y 50.000 solicitudes procedentes de los 17 estados miembros de la ESA, para cubrir ocho plazas de astronauta, cuatro titulares y cuatro reservas.

Durante el próximo verano los candidatos deberán superar una primera fase de pruebas psicológicas, y entre septiembre y diciembre se desarrollará otra segunda ronda. Los aspirantes deben demostrar unas capacidades de personalidad y sociabilidad óptimas que les permitan trabajar y convivir, durante seis meses, con un número reducido de personas y en un entorno tan pequeño como es la ISS. En el primer trimestre de 2009 se llevarán a cabo rigurosas pruebas médicas, en las que participaran todo tipo de especialistas para valorar clínicamente a los candidatos, y en el segundo trimestre se realizarán las denominadas entrevistas profesionales. Ésta es la fase que más teme Blanca, porque sospecha que habrá muchos candidatos con mayor experiencia laboral que ella.

Como resultado del proceso de selección quedarán entre 20 y 30 candidatos finalistas, explica Torres, para que sean propuestos a la dirección de la ESA, que es la encargada de tomar la decisión final. Está previsto que en julio de 2009 se hagan públicos los nombres de las personas seleccionadas, que enseguida iniciarán su formación básica en el centro de formación alemán en Colonia. Las tres fases del entrenamiento -básico, avanzado, y el específico de cada misión-, ocuparán gran parte de la carrera profesional de los astronautas. Para alguien interesado en el espacio, piensa Blanca, sólo el hecho de poder acceder a la formación de astronauta ya es muy motivador.

La vida del astronauta, en vídeo

Durante la sesión informativa se proyecta un vídeo que muestra imágenes de los largos periodos de entrenamiento y algunas de las misiones en las que han participado los astronautas europeos, entre ellos Pedro Duque. Al ver el vídeo, Blanca recuerda su etapa de estudiante en 3º de BUP, una época en la que el astronauta español aparecía a menudo en televisión. Igual que a muchos biólogos y naturalistas españoles les inspiró Félix Rodríguez de la Fuente, a esta joven le empezó a interesar el espacio gracias a Pedro Duque. Hoy trabajan en la misma empresa.

Duque también ha acudido a la presentación para comentar su experiencia como astronauta. Reconoce que en esta profesión no siempre es fácil mantener la ilusión durante los largos periodos de formación, “para luego estar en el espacio tan poco tiempo”, y que las largas temporadas fuera de casa también afectan a las relaciones familiares y personales. Lo más gratificante, añade, es el contacto constante con “las mentes pensantes más valiosas de la ingeniería y la ciencia”, y por supuesto, el propio vuelo espacial, un privilegio que solo poco más de 400 personas en toda la historia de la humanidad ha podido disfrutar.

Acaba la sesión informativa, y todos los asistentes se dirigen al hall del centro de visitantes. Entre canapé y canapé se suceden los comentarios, se plantean dudas y se manifiestan ilusiones. El cielo aparece tras los grandes ventanales del vestíbulo, y Blanca lo contempla sonriente.

Reproducido de la web www.plataformasinc.es respetando la licencia creative commons.

01 mayo 2008

Aznalcóllar, o cómo se pudo sacar provecho de lo que se aprendió

El riesgo existía y los científicos avisaron hasta seis meses antes. El 25 de abril de 1998 se produjo la mayor catástrofe ambiental de España: la ruptura de la balsa de la mina de pirita de Aznalcóllar que contaminó el corredor del río Guadiamar y llegó a las puertas del Parque Nacional de Doñana. Una década después del vertido, los niveles de contaminación son bajos gracias a los esfuerzos que, en su día, realizaron los investigadores, pero todavía no existen protocolos de actuación con asesoramiento científico para que las instituciones actúen en caso de crisis.

Han pasado diez años desde que en la madrugada de aquel fatídico día se vertieran seis millones de metros cúbicos de agua y lodos tóxicos de pirita procedentes de la mina de cobre sueco-canadiense Boliden Aprisa. El vertido contaminó 63 kilómetros de cauce de los ríos Agrio y Guadiamar y 4.634 hectáreas de terreno. Casi un centenar de científicos, seleccionados por su especialidad y disponibilidad, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y de diferentes universidades españolas, se auto-organizó para emitir a los cuatro días del desastre el primer informe del impacto.

“Los científicos dieron el do de pecho, fueron capaces de responder a un reto que les pedía la sociedad e hicieron bien su trabajo”, explica Fernando Hiraldo, actual director de la Estación Biológica de Doñana del CSIC. En la primera rueda de prensa se ofreció una opinión científica de la magnitud del accidente y, al mes de producirse el desastre, se nombró un Comité de Expertos con investigadores para asesorar en la crisis.

Transmitir los hechos a la sociedad y a los medios de comunicación, haciendo hincapié en su presencia en situaciones críticas, fue una de las tareas más importantes de los científicos. En este aspecto, Hiraldo se mantiene firme: “Los científicos deben responder a estas necesidades inmediatas de la sociedad”. La imagen de objetividad, veracidad y rigor que manifestaron fueron claves para tranquilizar a los ciudadanos afectados o preocupados por el problema. Además, contribuyó a dar unas “orientaciones rigurosas” para que las administraciones públicas pudieran actuar.

La ciencia, en el caso de Doñana, se mantuvo independiente del poder político y su cometido consistió en transmitir la verdad tal y como iba sucediendo. Sobre todo, “gracias a la valentía del entonces presidente del Consejo y del director de la Estación, que fueron los dos comunicadores oficiales”, apunta Hiraldo, para quien el papel de un investigador es “hacer ciencia y contarla”.

Aznalcóllar, una excepción

Miguel Ferrer, director de la Estación Biológica de Doñana en el momento de la catástrofe, señala además que los científicos no tuvieron ninguna traba a la hora de comunicar los datos del vertido. “El único condicionante para la comunicación fue ser todo lo constructivos posible y procurar no hacer declaraciones parciales”. Ferrer afirma que los científicos nunca tuvieron una presión para impedirles decir lo que tenían que decir. Una situación que hoy en día, y como pudo comprobarse con la catástrofe del Prestige en noviembre de 2002, no se ha vuelto a repetir.

Independientemente de las consecuencias que el vertido haya provocado en el medio ambiente, la pregunta de si se ha aprendido la lección tras el desastre sigue sin recibir una respuesta positiva. En lo que se refiere a la actividad científica, Miguel Ferrer se muestra pesimista y recalca que, en definitiva, Aznalcóllar fue más una excepción que un ejemplo. El hecho de que siga sin existir un procedimiento regulado con científicos como asesores en catástrofes naturales o ambientales es muy significativo.

“Con el Prestige quedó también muy claro qué pasaba cuando no había una clara fuente de información rigurosa e independiente”, apunta el ex director. No obstante, sí existía un protocolo “muy bueno”, elaborado por Joaquín Tintoré por encargo del CSIC, según explica Hiraldo, pero que, por razones que se le escapan, no se aplicó. “Estuve el primer día en el comité de coordinación pero dimití y me fui”, se justifica el director.

La primera decisión del Comité de Expertos del Plan de Medidas Urgentes fue construir muros para evitar la expansión del vertido al río Guadalquivir y a Doñana. Paralelamente, se paralizó la actividad minera para que no se escaparan los 20 millones de metros cúbicos que la balsa aún contenía. A pesar de los esfuerzos y la rapidez y agilidad con la que actuaron los científicos, el desastre no pudo evitarse. El 64% de la superficie afectada pertenecía a espacios protegidos del actual Espacio Natural de Doñana. Las labores de limpieza, que incluyeron el recorrido de 17 millones de kilómetros de 500 camiones, no pudieron impedir la muerte de millones de peces y daños colaterales a miles de plantas y animales.

La dramática situación augurada por los científicos de la Estación Biológica de Doñana no tuvo la respuesta esperada. Según Hiraldo, la ausencia de medidas para evitar y prevenir el desastre se debió “a la insuficiente fuerza y presencia social” que tuvieron los científicos para convencer a la sociedad. El director del instituto del CSIC cree que ahora, después de una década, “la ciencia tiene más peso en la sociedad”, pero “el matrimonio entre ciencia y sociedad en este país tiene todavía mucho que mejorar en las relaciones entre sus científicos y la sociedad, y es culpa de ambos”.

En el décimo aniversario del vertido, Fernando Hiraldo puede afirmar que en el CSIC hay “una especie de gabinete de crisis para responder a momentos como el que vivió Aznalcóllar”. Sin embargo, todavía existen proyectos mineros con riesgos que siguen valorando más los ingresos y los puestos de trabajo que se generan a corto plazo, que lo que le podría pasar al medio ambiente a largo plazo. “Después de la experiencia de Doñana, es a largo plazo que se deberían hacer las valoraciones”.

Contaminación baja en plantas y suelos

“Desde hace ya unos años, en lo que se refiere al río Guadiamar, la contaminación se ha normalizado, es decir que el nivel de metales pesados, que era lo que produjo la contaminación de la mina, está por debajo de lo que había antes de 1998, antes de la ruptura”. Así de optimista se muestra el director actual de la Estación Biológica de Doñana sobre la situación actual del terreno afectado hace diez años. En cuanto a Doñana, los censos que se han ido llevando a cabo y el control de la fauna “están no sólo bien, sino que la mayor parte de las especies que podían verse más afectadas han incrementado el tamaño de población”. Éstas han sido lo “suficientemente” fuertes para ser capaces de recuperarse en un tiempo relativamente breve.

Proyectos como el Corredor Verde del Guadiamar o Doñana 2005 han servido para rehabilitar las zonas más dañadas. A ello se añaden las investigaciones que están realizando científicos del CSIC para medir los niveles de contaminación en plantas y suelos, como es el caso de Maite Domínguez, del Instituto de Recursos Naturales y Agrobiología de Sevilla.

La investigadora, que lleva cuatro años trabajando en su tesis sobre las consecuencias del vertido en cuanto a la contaminación del suelo para la cadena trófica y para la germinación, crecimiento y ecofisiología de especies leñosas (arbustos y árboles), subraya que “dentro de los niveles normales, las plantas no serían tóxicas para posibles herbívoros”. Aunque existen excepciones como el álamo y el sauce, que acumulan elementos tóxicos como el cadmio y el talio en sus hojas, la acumulación de contaminantes en las hojas es “muy baja”.

No obstante, los niveles de contaminación se disparan en los suelos en comparación con los valores normales, con el arsénico y el plomo, que son dos contaminantes persistentes. Según Domínguez, “los suelos van a estar contaminados durante mucho tiempo porque los elementos tóxicos se retienen mucho pero la suerte es que, al quedarse muy bien retenidos en el suelo, impide que puedan pasar a los acuíferos o a aguas superficiales y prácticamente no están disponibles para los seres vivos”.

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